12 de junio de 2011

La improvisación de la belleza

A continuación transcribo la conferencia que impartí el pasado viernes, 10 de junio, en el Centro de Arte Contemporáneo San Martín. Como explicaba en una entrada anterior, me acerqué a la figura del pintor Jorge Oramas, que falleció con 24 años dejando una obra sublime que ha sido merecedora de una antológica en el Reina Sofía y, al mismo tiempo, conté la historia de un vecino del Risco de San Juan residente en Londres que, a partir de las fotografías de Marisa Culatto, recrea su infancia y su juventud en el barrio de Las Palmas de Gran Canaria. En la entrada aparece un autorretrato de Jorge Oramas, uno de sus cuadros del Risco de San Nicolás (pintado desde el hospital San Martín, justo el mismo lugar en el que está situado el Centro de Arte Contemporáneo), y las fotografías tituladas The End y The Top, de Marisa Culatto.


Hospital de San Martín. 1932:



“Uno nunca muere del todo cuando logra detener el color del tiempo en el que vive. Sólo puedo mirar lo que se ve desde esta ventana. Ese es todo mi mundo. Me da lo mismo que exista París, o que me hablen de grandes edificios en Nueva York. No me importa la plaza de la Signoria de Florencia ni las pirámides de Egipto. Sé que nunca podré estar en ninguno de esos lugares. Escupo sangre y apenas me puedo mantener en pie. Tengo miedo a morir, cómo no voy a tener miedo a morir, todos tenemos miedo a morir y a desaparecer para siempre. Ni los médicos ni las monjas entienden mi empeño por seguir pintando. Si no pintara moriría aunque me vieran respirando. A veces me basta con mirar y luego recordar lo que miro. La luz apenas se asoma a los muros de las casas o a los objetos que veo desde la ventana. Me encantaría pintar el canto de los mirlos que me despiertan cada mañana cuando no se escuchan los gritos de otros desesperados moribundos que también vienen a morir aquí. O escribir lo que siento. Pero no tengo palabras ni soy capaz de recrear el canto de ningún pájaro. Por eso pinto, muchas veces de memoria, o imaginando lo que los otros no ven, unos riscos luminosos donde sólo hay desolación y miseria, y donde no queda ni dinero ni tiempo para ponerle el color con el que sueño a las casas y a los paisajes que necesito imaginar para seguir sobreviviendo. Si lo mostrara todo como lo veo moriría. Necesito saber que aún puedo improvisar y soñar la belleza. Todo esto lo voy pensando en silencio mientras hablan de temas que no me interesan los familiares y los amigos que vienen a verme por las tardes. Preferiría estar solo pintando. Todos ellos vienen a compadecerme. Se creen eternos. Los humanos deberían compadecerse todo el tiempo. O por lo menos deberían presentir a todas horas esta muerte que me acecha siendo tan joven. Todos esos morbosos repiten a todas horas lo de mi juventud, y las monjas no dejan de presentarme curas para que me confiese y esté todo el rato rezando. Mi única oración es el arte. Lo demás no me importa. Ellos no entienden la satisfacción que siento cuando termino un cuadro y logro dar con la luz y con las formas que buscaba. Antes de la enfermedad tanteaba sin agobios y me daba lo mismo llegar o no llegar a la meta que buscaba. Ahora no me queda tiempo para dudar. Cada intento fallido es un cuadro menos que dejo de pintar. Y no es que sueñe con perpetuarme y sobrevivir en mis cuadros. Vivirán ellos y seguirán enseñando su belleza al mundo. Tampoco entienden cómo puedo pintar paisajes luminosos cuando me estoy muriendo, pero a mí me da igual lo que piensen y digan, y lo que sigan pensando y diciendo cuando yo no esté. Pinto luminoso porque quiero sentirme vivo en lo que creo y porque el arte siempre derrota al tiempo. No me evado, sólo miro y hago mío el paisaje. En mis adentros soy un hombre luminoso que quiere mantenerse a salvo hasta el último día. Cuando me hacen daño con los tratamientos o cuando los dolores me tienen en la cama medio inconsciente varios días, no dejo de pintar imaginariamente, y cuanto más sufro más alegre es lo que sueño. Por eso no quiero desperdiciar un solo minuto de mi tiempo. La belleza se improvisa cada día, la mía y la del paisaje de esos riscos que tengo delante. Si no estuviera aquí a lo mejor nunca los hubiera mirado de esta manera. Pasaría de largo como solemos pasar ante lo que vamos viendo por la calle. Ahora es lo único que puedo ver desde mi ventana. Y también es lo único que me permite seguir soñando y seguir creando.”


Londres. 2011.


"Yo no diría que es una obsesión. Necesito tener cerca esos cuadros y esas fotografías para no sentirme extraviado y perdido en una ciudad en la que vivo de maravilla, pero que no guarda ni un solo recuerdo de mi infancia ni de cuando soñaba todo el tiempo con ser alguien parecido a quien soy. Acabé la carrera de Biología en La Laguna y conseguí una beca en el Imperial College, justo enfrente de donde estamos ahora mismo. Fui adentrándome en el mundo de la investigación, cada vez dominaba mejor el inglés, y cuando me quise dar cuenta ya no tenía sentido regresar a Gran Canaria. Se me abrieron las puertas de universidades y de laboratorios de medio mundo y en estos momentos tengo la suerte de trabajar junto a un premio Nobel. Todos dicen que en unos años yo también estaré recogiendo ese premio en Estocolmo. La verdad es que me apasiona lo que hago y que vivo cada minuto de mi tiempo pendiente de un nuevo descubrimiento que nos ayude a vivir un poco mejor. Gano mucho dinero, claro que gano mucho dinero, si no fuera así no podría vivir en una calle como Queen’s Gate ni viajar cada vez que me da la gana a cualquier parte del planeta. Voy mucho a Lisboa porque me recuerda mi infancia. También visito cada dos por tres Gran Canaria, pero a veces no me reconozco. Me siento más cerca mirando estos cuadros de Jorge Oramas, de Santiago Santana, de Felo Monzón, de Vinicio Marcos, de Miró Mainou o de Ignacio Bordes. Esas fotos son recientes. Me las envió una amiga que vivió muchos años aquí en Londres: forman parte de una exposición sobre los Riscos que van a montar en el antiguo hospital San Martín, justo debajo de donde yo pasé esa infancia de la que te vengo hablando. Son de Marisa Culatto, y en las dos fotografías, en The Top y en The End, aparece el risco de San Juan en el que me crié. Que qué es lo más recuerdo de aquellos callejones empinados. Pues lo que te digo que encuentro en Lisboa, esa salida al azul del mar desde cualquier callejón o desde cualquier azotea del Chiado, del Barrio Alto o de Alfama. Cuando vuelvo a Las Palmas de Gran Canaria estoy delante de muchas de las mismas vistas que veía de niño, pero prefiero recrearlas desde la similitud de otro lugar y sumarle toda la poesía que tiene siempre cualquier evocación. Algún día te llevaré conmigo para que conozcas esos Riscos. Mis padres ya no viven y mis hermanos residen en otros lugares de la isla. No, no eran favelas, pero tampoco zonas residenciales de lujo. Digamos que vivíamos de forma apañada. Mis padres habían llegado de Moya, un pueblo del norte de Gran Canaria en el que nació Tomás Morales, uno de los más grandes poetas de las islas. Recuerdo los precipicios y los barrancos a los que me asomaba cuando íbamos a visitar a mis abuelos. Mi padre le compró la casa a un majorero que regresaba a Fuerteventura después de haber trabajado en las plataneras de la Vega de San José durante años. Antes, además del mar azul en el horizonte, había plataneras, tuneras y palmeras enormes donde quiera que miraras. Nunca terminábamos de construir la casa, y lo último que hicimos, por ser lo menos perentorio, fue pintarla. Casi todas las casas estaban encaladas o con los ladrillos a la vista. Eran los artistas los que las recreaban con colores luminosos. Ahora es distinto. Vale la pena alzar la vista hacia los riscos de Las Palmas de Gran Canaria. Todo es color y la pobreza de antes no es tan evidente, aunque quedan zonas un poco deterioradas. De alguna manera es como si la realidad hubiera terminado imitando al arte, a lo que proponían pintores como Oramas o Felo Monzón en estas láminas que tenemos delante. San Juan es el barrio que mejor conozco, pero creo que hay muchas semejanzas con los Riscos de San José, de San Roque, de San Nicolás o de San Antonio, el más alejado por quedar más allá de donde estaba el límite de Las Palmas de Gran Canaria antes de que se expandiera hacia Las Canteras y La Isleta. La ciudad parece un animal dormido cuando la ves desde tan arriba, y además siempre gana la inmensidad del mar a la del asfalto. Las perspectivas son otras. Nosotros mirábamos desde lejos y ese alejamiento nos permitía mantener las distancias y sentirnos como en un pequeño pueblo que tenía y no tenía que ver con la ciudad. Además no había nadie que se acercara a visitarnos. Aquí no había más comercios que los que necesitaban los residentes y tampoco salíamos en ninguna guía turística. Sí se dejaba caer de vez en cuando algún choni despistado que nos sacaba fotos como si fuésemos especies en peligro de extinción. Aquellos extranjeros que venían entonces sonreían todo el rato y aparecían en cualquier parte de la isla. Los que van conmigo ahora cuando regreso sólo se quedan en los hoteles bebiendo sangrías elaboradas con vinos apócrifos y tomando el sol como lagartos abúlicos en las piscinas. La mayoría ni siquiera se acerca a la playa. Pagan dinerales para contemplar el mar desde lejos, encaramados en urbanizaciones que trepan por las montañas de la costa. Nosotros nunca pagamos por nuestras vistas. Se entiende entonces que fuimos unos privilegiados, pero, aun viviendo tan lejos de la orilla, el mar formaba parte de nuestra identidad. Muchos de mis vecinos eran marineros o trabajaban en el puerto, y cada Risco tenía su bote de Vela Latina. Esa imagen de las regatas de los sábados con las velas desplegadas de los botes es una de las que más recuerdo cuando necesito rememorar la isla y el paraíso que no sabíamos que estábamos habitando. Los paraísos, cuando se racionalizan o se van buscando, nunca se encuentran. Los que lo habitan no tienen tiempo de reconocerlos. Sólo se obsesionan con ellos los que lo han perdido o los que nunca han podido pisarlos. Yo reconozco que lo daría todo por volver a recuperar los colores y los ritmos pausados de aquellas tardes de mi infancia. Por eso encuentro tanto sosiego mirando estas imágenes. Sé que aunque hayan cambiado las caras y los tiempos, los escenarios en los que yo interpretaba mi vida entonces siguen conservando la misma magia.”


Hospital de San Martín. 1932

“Recorrí muchas veces las calles de esos riscos. Uno de los aprendices que estaba conmigo en la barbería vivía un poco más arriba de la ermita de San Nicolás. Me iba muchos sábados a comer a su casa y a participar en los tenderetes que improvisaban los vecinos en las calles. Me imagino que aún seguirán celebrando muchas tardes la alegría de vivir. Casi nadie celebra la alegría de vivir. Ellos se conformaban con un timple, unos rones y un buen sancocho. Lo demás lo ponía el entusiasmo de saberse a salvo tras una dura semana de trabajo y el encuentro con la familia y los amigos. La catedral y la plaza de Santa Ana parecían casi al alcance de la mano hasta que las borraba la noche y sólo se veían luces difusas y los barcos que entraban lejanos en el puerto. Ahora yo estoy en el otro lado, tratando de pintar esa alegría que viví entonces. No sé nada de ese amigo hace mucho tiempo. No sabe que estoy aquí. Yo quiero pensar que él está habitando ese paisaje que veo cada día desde mi ventana. Algunos creen que me estoy volviendo loco. Hablan de trasladarme a la Hoya del Parrado. Me lo insinuó una monja lenguaraz el otro día: me dijo que como siguiera obsesionado con mis pinturas iba a terminar mal de la cabeza. Qué sabrá ella. Yo no tengo dioses a los que rezar. Sólo creo en la vida y en lo que veo o en lo que pinto. No entienden mi fijación con esos riscos. Me han traído estampas de santos para que les pinte cuadros para la capilla. Me he negado y les he gritado furioso. Otra monja más chismosa y meticona me dijo que se me estaba metiendo el diablo dentro del cuerpo, que ella conocía a muchos pintores y a muchos poetas endemoniados. Ni siquiera le contesté. Respiré hondo y seguí concentrado en la luz del sol que daba sobre una de las palmeras que ya estaban antes de llegar nosotros en los márgenes del barranco Guiniguada. Siempre me he quedado fascinado delante de las palmeras. La danza de las palmeras cuando sopla el viento que amenaza con derribarlas demuestra que incluso en los peores momentos hay que apostar por la belleza como arma de defensa. La palmera sólo baila para defenderse del viento, y cada una de sus palmas improvisa una danza armónica y estéticamente sublime. Si se empeñara en comportarse como el viento para luchar contra él caería irremisiblemente al suelo. A veces cae, pero lo hace con la dignidad que siempre conserva quien ha perdido sin traicionarse. Yo sé que estoy herido y que también caeré pronto, pero pinto todo el tiempo que puedo para no dejarme vencer por la rutina ni por el dolor. Me da lo mismo el destino que tengan luego estas pinturas. Para mí son retazos de eternidad que le logro arrancar al tiempo. Cada una de esas imágenes compensa el paso por esta existencia efímera que nos devuelve al mismo olvido del que salimos sin saber tampoco de dónde diablos veníamos.”


Londres. 2011.

“Fíjate que lo más que recuerdo del Risco de San Juan es el silencio de la madrugada y los gallos resonando por todos los callejones. Me veo estudiando de noche, soñando con conocer mundo y con vivir en Londres, en Nueva York o en París. No salí de la isla hasta que fui a la universidad, y en esa salida tampoco pisé ningún continente. Salté de una isla a otra, de Gran Canaria a Tenerife, del Risco de San Juan a San Cristóbal de La Laguna. Ya después, en los veranos de esos años universitarios, sí recorrí buena parte de España y de Europa. Viajaba con hambre atrasada, tratando de memorizar cada paisaje de cada una de las ciudades que visitaba. De aquellas madrugadas en las que me soñaba más o menos como soy hoy en día, recuerdo el referido canto de los gallos, pero también los ladridos de perros solitarios que vagabundeaban por las calles y los maullidos de gatos cuando llegaba la época del celo. Había poca luz y no era recomendable andar solo a las tantas de la noche, pero yo no me pude resistir a algunas escapadas nocturnas hasta la ermita de San Juan, o hasta San Martín o La Portadilla, y algunas veces hasta Santo Domingo y la Catedral. La plaza de Santo Domingo era nuestro campo de fútbol y de juegos, y allí coincidíamos con los niños pijos de Vegueta y nos retábamos en partidos interminables. También jugábamos contra los del Risco de San José, pero en esos casos lo hacíamos poniendo dos piedras en cualquiera de los callejones sin pendientes de alguno de los dos barrios. Las otras aventuras discurrían montaña arriba, en la Batería de San Juan, o bien adentrándonos por las montañas peladas hasta ver de lejos Tafira y Bandama o las grandes extensiones del Este de la Isla. No recuerdo que me aburriera nunca de niño. La lluvia, en lugar de convertirse en un motivo de contemplación como pasa aquí en Londres, nos ponía a todos en alerta sobre la marcha. Siempre entraba agua en la casa por alguna parte o se desbordaba desde algún callejón. Lo peor de aquellos años era todo lo que tenía que ver con las aguas fecales y con el saneamiento. Se improvisaban pozos negros o desagües que no siempre cumplían con su misión, o bien llegaba un momento en que no daban más de sí. La lluvia nos espabilaba y nos dejaba en vilo durante muchas horas. Ahora que la recuerdo lejos, sí puedo decir que viví una infancia sin tregua que convertía las obligaciones en juegos y los juegos en enseñanzas de la vida que luego me han ido sirviendo para andar por el mundo. Creo que era Rilke quien decía que en la infancia se vive y que luego lo único que hacemos es ir sobreviviendo como podemos el resto de los años. Yo viví intensamente mi infancia en un lugar distinto a casi todos los lugares en las que se criaron los amigos con los que ahora comparto mi vida. Creo que fui privilegiado.”



Hospital de San Martín. 1932

“Qué me hace coger el pincel cuando apenas puedo mantenerme en pie. Podría echarme en la cama y tratar de dormir o de escapar de esta incapacidad que hace que todo me dé vueltas y que el movimiento más simple conlleve un esfuerzo tremendo. Pero si duermo no pinto, y si no pinto, no dejaré nada que valga la pena cuando vaya, y si no dejo nada que valga la pena será como si no hubiera vivido, como si hubiera pasado por esta vida sin dejar huella y sin formar parte de ella para siempre. Si no pinto yo esos riscos como los veo nunca lo podrá hacer nadie. Cada uno pone su propia mirada en el paisaje, y cuando lo vemos estamos confundiendo ese paisaje con toda nuestra experiencia vital, con lo que hemos sufrido y con lo que hemos amado, con lo que soñamos y con lo que no desearíamos que llegara nunca. Justo cuando estoy más alicaído y más derrotado es cuando pinto más luminoso y más colorista, cuando más necesito transformar esos riscos que hoy, con las nubes de los alisios que llevan una semana sin dejar ver el azul del cielo, parecen más muertos y más grises que nunca. Si los pintara como los veo acabaría muriendo. Necesito plasmarlo de otra manera. Quien los vea dentro de cincuenta o de cien años no sabrá nada del día de hoy: sólo le llegará lo que yo pinte y toda esta belleza que necesito improvisar una vez más para poder acercarme al pincel y al lienzo en el que inventarme otra nueva utopía que me ayude a seguir sobreviviendo. Cada día estoy peor. No veo que mejore. A veces quieren engañarme y darme esperanzas de vida. No soy ningún singuango aunque todos digan que todavía soy un niño. Sé lo que me espera; pero también presiento que si quiero seguir sobreviviendo más o menos dignamente habré de pintar cada vez más cerca de la locura, cada vez más lejos del mundo que veo, huyendo todo lo lejos que pueda de los medicamentos, de los pinchazos, de las manchas de sangre en el pañuelo y de esta sensación de no poder ni con mis propios huesos. Hoy he pintado con colores más vivos y más intensos que nunca. Creo que estoy en el camino.”


Londres. 2011



“Esas imágenes que me envió Marisa Culatto juegan con el final y con lo más alto, con lo que termina porque no hay más caminos, y con lo que acaba porque ya más arriba sólo queda el cielo y toda la infinita inmensidad del universo. A lo más alto, al Top del barrio, se llegaba después de subir cientos de escaleras y de apechar cuestas empinadas que nos parecían interminables, pero que siempre superábamos con el esfuerzo y el tesón que le mueve a todo buscador aventurero. En el The End, en ese final de la ciudad que marca el Risco de San Juan, estaba todo lo que soñábamos. Más allá sólo habitaban los miedos y los deseos, toda esa panoplia de conjeturas que aparecen cuando nos acercamos a cualquier frontera. No era mi barrio un lugar para andar en bicicletas. Bajabas a velocidad de vértigo doblando las esquinas como una exhalación o rompiéndote las rodillas o los dientes contra cualquier saliente. Pero luego había que subir, y ahí no había piernas que lograran llegar hasta la cima. Tampoco podías llegar con aquellos carros de cojinetes que cuando bajabas hacían retumbar las paredes de todas las casas. Aún conservo el ruido de aquellos carros metido en la cabeza. Nunca he podido olvidar ni aquel ruido ni aquella velocidad que iba aumentando a medida que llegabas a lo más bajo del Risco. Al lado del final también estaba la cárcel, y un poco más arriba un acuartelamiento de militares en el que nos dejaban tocar las escopetas y las granadas de mano. La cárcel nos producía pavor. Desde arriba veíamos a los presos hacinados o dando vueltas por el patio, y si te acercabas mucho lograbas escuchar el sonido de los barrotes o los gritos de los más desesperados. También aprendí en el barrio que entre los humanos hay buenas y malas personas, amigos leales con los que compartías cada minuto de tu tiempo, y luego gamberros y abusadores que te atemorizaban y te amenazaban a todas horas. Casi todos esos gamberros acabaron enganchados a la droga. La droga apareció como mismo llegaban los Munchitos, la Coca Cola o los dulces de Cropán. Todos probamos nuestros primeros porros entre los quince y los dieciocho años, pero también fueron llegando otras drogas que los que estudiábamos o queríamos hacer algo en la vida rechazábamos tras mucha insistencia en que las probáramos. La ofrecían gratis. La droga sí jodió la convivencia en los Riscos durante muchos años. Fue un visto y no visto que nos cambió la vida y el paisanaje. Cuando yo llegaba de La Laguna me encontraba a más amigos y conocidos enganchados y trapicheando. Hubo una generación que prácticamente se la llevó por delante la maldita heroína, pero eso pasó en muchas zonas de la ciudad y del país. Aquellos juegos osados condujeron a muchos a un callejón sin salida. Ahora San Juan vuelve a ser un barrio tranquilo por el que puedes pasear seguro. Cuando vayamos a la isla te llevaré a visitar todos esos lugares que te estoy contando. No, la cárcel provincial ya no está donde estuvo cuando yo era pequeño, pero sí queda el edificio. Tampoco están los militares. El cuartel está totalmente abandonado, y muchos de los lugares a los que íbamos a buscar aventuras han quedado sepultados por una carretera que atraviesa el Risco por debajo, por sus entrañas. No sólo tiene un final en la cima. Ahora también se le recorre por el subsuelo, por donde supongo que entonces se perderían muchas de aquellas historias que nos inventábamos para engañar a las tardes más aburridas o a los días lluviosos.”


Hospital de San Martín. 1932

“El otro día me decía que estaba en el camino. Siempre estamos en el camino. Cada día empezamos de nuevo. Da lo mismo lo que hayamos vivido ayer. El pasado se confunde en la misma maraña insondable. Yo duermo mal casi todas las noches, y si no duermo mal yo lo hacen mis compañeros de habitación, o los de otras habitaciones cercanas. Estamos todos tuberculosos, algunos más condenados que otros. Cada vez que muere uno de nosotros, nadie dice absolutamente nada durante horas. Sabemos que se ha marchado para siempre como mismo nos iremos marchando todos en los próximos meses. Nos dicen que mejoramos, pero nos vamos viendo cada vez peor. Los que mejoran no vienen a dar con sus huesos a esta parte del hospital. Me paraliza la muerte, la de cualquiera. También sé que en este mismo lugar nacen muchos niños cada semana, que la vida se renueva, que uno no es más que una mota de polvo en la inmensidad de un tiempo que nos somos capaces de abarcar. Yo cuando pinto sólo intento atrapar el tiempo, y trato de dar conmigo en cada uno de los trazos, de eternizarme, de no sentirme un condenado que ya no tiene nada que hacer para vencer a la muerte. Realmente nadie tiene nada que hacer contra la muerte, pero cuando estamos sanos nos volvemos hedonistas y olvidadizos, nos sentimos eternos, por eso los sanos y los felices producen peores cuadros y peor literatura que los que catamos de cerca el dolor y la condena inevitable. Yo pinto en medio de ese silencio de todos los tuberculosos. Los otros internos se acercan a mis cuadros y los miran atentos. Da lo mismo que no tengan ni la más remota idea de arte. Ellos captan la belleza que trato de transmitir y de inventar en medio de la desolación y el miedo; ellos también agradecen esos riscos luminosos con los que yo trato de vencer a la negrura de la muerte.”


Londres. 2011

“Otra imagen que tampoco olvido de mi infancia en San Juan es la de las sueltas de palomas mensajeras. Los sábados por la mañana había cientos de palomas revoloteando juntas en el cielo de la capital. Casi todas habían salido de los palomares de San Juan y San José. Los que habitamos en las alturas terminamos necesitando alas. Realmente volábamos nosotros en medio de aquellas palomas que siempre regresaban a casa. Mi padre llegó a enviarlas muchas veces al norte de África y regresaban a la mano que les daba de comer y a la voz que les hablaba como si fueran eternamente niñas. Mi padre, como mi abuelo en Moya, hablaba con las palomas y con los pájaros. Los canarios llevan siglos entendiéndose con las aves. No, no te exagero ni me estoy inventando una historia de realismo mágico. La magia formaba parte de aquel mundo de mi infancia, lo mismo que la brujería y los esoterismos. Dicen que todos los riscos que adoran a San Juan son lugares de magias y de ritos paganos. Decían lo mismo de Telde o de Arucas. Mi madre ni creía ni dejaba de creer en aquellos enredos, pero, por si acaso, desde niño me llevaba a que me hicieran rezados y me protegieran del mal de ojo. Me llevaba a una especie de hechicera de magia blanca. Había otras mujeres en el barrio que todos sabíamos que convocaban al diablo y que tenían atemorizada a media vecindad. Eran muchos los que venían de todos los pueblos de la isla a pedirles imposibles a aquellas brujas que eran mis vecinas. No me mires así, yo viví mi infancia en los años setenta del siglo pasado. Y te aseguro que eso sucedía en mi entorno más cercano. Si te cuento cómo eran esos Riscos que tanto quieres conocer no puedo obviar sus leyendas negras. Nada es nunca idílico en ninguna parte. Había palomas mensajeras que engrandecían los cielos de la ciudad y también mujeres de negro a las que siempre me enseñaron a no mantenerles la mirada. Yo creo que si volviera y me las tropezara de nuevo haría mismo que entonces. Ya sé que soy un hombre de ciencia, pero escuché muchas historias tremebundas e increíbles en mi infancia, y no hay nadie que logre librarse de sus propios atavismos.”


Hospital de San Martín. 1932

“Pinto para no morir del todo cuando me vaya. Sé que no me queda mucho de vida y que es injusto que cualquier hombre muera antes de cumplir por lo menos los veinticinco años. Lo que trato de llevar a mis cuadros es esa sensación de impotencia que encuentro en los ojos de todos los que desayunan conmigo cada mañana, o de quienes comparten mi habitación hasta que los retiran en un amanecer cualquiera tapándolos con una sábana. Cuando se van y yo me quedo solo entre su muerte y mi muerte cercana, sólo me salvo acudiendo al lienzo y coloreando con los tonos más vitalistas y luminosos que pueda inventar. Los colores no son siempre los mismos. Uno los elige, los combina y les da el toque exacto para que brillen siempre diferentes. A esos colores me seguiré aferrando hasta mi último aliento. Los riscos cercanos no son más que un sueño necesario para poder seguir pintando, una improvisación diaria de la belleza que compensa todo el dolor y todas las derrotas, lo único que quedará de mí cuando yo me vaya.”

Londres. 2011

“Por más que viaje a Lisboa y a otras ciudades del planeta queriendo encontrar una luz y un paisaje parecido al de mi infancia, nunca me sentiré tan cerca de esas vivencias como cuando las rememoro o como cuando consigo oler los olores de las calles, aquellos potajes que se colaban por todos los callejones, o el pescado recién traído de la marea que subían en grandes baldes a las casas de las pescaderas, o el humo de las jareas que quemaban en cualquier azotea. Para volver me han bastado dos fotografías, o las reproducciones de unos cuadros en los que los artistas trataron de hacer eterno el paisaje que veían o que soñaban. Yo te he contado todo esto en inglés, pero el idioma no ha sido más que un añadido anecdótico. Detrás de cada palabra que he ido pronunciando había una vuelta inmediata a casa, al único lugar del mundo al que sé que pertenezco. Te llevaré a recorrer las calles de esos Riscos alguna vez, pero estoy seguro de que no hallaré toda la intensidad que me procuran ahora la distancia y la añoranza. Si estuviera allí no miraría igual esos paisajes. Ahora son asideros necesarios para sobrevivir, olores y recuerdos sin los que no concebiría mi paso por el mundo. No hace falta que te cuente nada más. Observa lo que los otros pintaron o fotografiaron queriendo inmortalizar sus propios recuerdos. A veces las palabras no llegan adonde uno quisiera que llegaran para expresar lo que se hace eterno en una sola mirada. Jorge Oramas, por ejemplo, pintó todo lo que yo necesito ver ahora, lo que seguro que él también necesitó mirar para no morir del todo cuando estaba tuberculoso y condenado a muerte en el Hospital de San Martín. Nadie que se encuentre delante de alguno de sus cuadros se atrevería a jurar que esta muerto: la intensidad y la fuerza de los colores que dejó le alejan cada día más del olvido.”


Hospital de San Martín. 1932



“Acabo de finalizar un nuevo cuadro. Llevaba varios meses soñándolo. Unas palmeras y unas casas luminosas. De alguna manera sé que quedaré a salvo en esta imagen para siempre. Cuando escribí mi nombre sabía que estaba dejando mi alma en cada uno de sus trazos. “

1 comentario:

Anónimo dijo...

Genial Santiago, no pude ir a tu conferencia pero lo que leo es sublime. Gracias